Entre Tiñendo el Alba 2

Resultó de una conexión entre mi mundo interior y el colectivo consciente, una experiencia trascendental.

Estaba siendo una noche particularmente mística, y me encontraba de nueva cuenta, buscando algo en ella. Estaba descendiendo el cerro con la luna en mi espalda, todo cuanto me rodeaba emanaba un mismo mensaje en forma de ilusiones en el que se me aconsejaba sobre mi búsqueda, debía comenzarla en mi interior.

Esto fue totalmente evidente cuando estaba por cruzar un camino y una manda de caninos talla lobo, me emboscó y no tenía nada en mano para defenderme. Era de madrugada, así que esperar ayuda era ingenuo e inútil. Lo único que me quedo dejarme olfatear por los perros para que me conocieran, pero más importante fue dejarme conocerme a mí mismo, profundo a mis adentros, dónde estaban muy cómodamente mis miedos e inseguridades.

Después de haber ser juzgado por su olfato, sabe Dios porque, cómo una persona no amigable, empezaron a gruñir y a mostrar sus colmillos. Eran por lo menos unos ocho y mi miedo se estaba desbocando cuando ví su lomo erizarse. Previniendo el desbordamiento, acudí a algo más poderoso y de mayor vibración, abrace mi miedo, esto logró brindar un respiro tranquilizador que produjo un eco en todo mi cuerpo. Después noté a una de ellos sin ánimos de atacar, quizá había logrado transmitirle mi calma o quizá nunca quiso atacar, y ocurrió un acto heroico, esta saltó en defensa mía, enfrentandose por lo menos a cuatro de ellos.

Una especie de debate canino, acalorado y con acercamientos se llevaba a cabo, brindándome tiempo de alejarme. Camine hasta llegar a un acantilado. A esa distancia los perros ya no se molestarán en ir a buscarme. Solo esperaba que mi defensora estuviera bien. Solté un suspiro y deje mi cuerpo acomodarse en el suelo, posando mi cabeza sobre una roca. Y cerré los ojos.

Recordé un chiste malo, el del señor que dormía en la cama de piedra y murió, precisamente, de un almohadazo. El chiste me remonto a la época en que lo escuché, la secundaria. Curiosamente había vivido un evento similar, mucho menos peligroso aunque igual de amenazante para aquel Pablo. Unas diez compañeras me rodearon (ajá como la emboscada antes narrada) y me interrogaron acerca de quién sería afortunada de ser la que me gusta. En aquel tiempo, ciertamente era incapaz de escuchar mi sentir, mucho menos actuar en base a él, y obviamente las palabras que salieron de mi boca fueron nulas. En ese momento entendí el mensaje, y conectando estas experiencias paralelas, comprendí lo importante que es conocerse a uno mismo para poder sobrevivir y saber disfrutar.

De pronto sentí un olfateo, que me regreso al acantilado donde me había acostado. Era mi canina favorita, una huskey de pelaje blanco con gris y ojos claros. Una vez segura de que estuviera ileso, dio un par de vueltas en su lugar y se acostó decidida a seguir cuidándome hasta que pudiera regresar con los míos. A pesar del viento helado que llegaba del acantilado, el calor de tener compañía cobijaba.


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