Ricardo Romo Torres
Soy un águila real. Me muevo entre una descripción de la academia y una caracterización no académica, en donde importa más la sensibilidad.
A la descripción académica le interesa ubicarme taxonómicamente como Aquila chrysaetos y también como un ave endémica del Occidente de México. Con ello, existe una especie de pensamiento calculante, importando más las cantidades. Eso me remite a El Principito: Si os he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y si os he confiado su número es por las personas grandes. Las personas grandes aman las cifras.
Así, en el caso mío importa decir, con un tono grave: “El Águila Real es considerada una de las especies de su género con mayor tamaño.”
No puedo apartar de mi imaginación otras de mis cualidades y sigo recordando a El Principito: Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: «¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?». En cambio, os preguntan: «¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? De esta forma, los académicos resaltan los datos: “La hembra es más grande que el macho. Mide entre 90 centímetros y un metro, con una envergadura de 2.15 a 2.27 m y peso de 3.8 a 6.6 kilogramos.” Y establecen una comparación: “Las dimensiones del macho varían entre 80 y 87 cm de longitud, con 1.82 a 2.12 metros de envergadura, y peso de 3.5 a 6.0 kilos”.
Con la pretensión de persuadirles de la veracidad de parte del relato a compartir, decirles que conocí al autor de El Principito en uno de sus numerosos viajes que él hacía por Centroamérica (su esposa era salvadoreña). Precisamente, antes de la publicación de su libro, me expreso una serie de ideas e inquietudes. Entre ellas, recuerdo una en donde percibe la actitud de una parte de la gente: Sólo entonces creen conocerle. Si decís a las personas grandes: «He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo…», no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: «He visto una casa de cien mil francos». Entonces exclaman: «¡Qué hermosa es!».
Por su parte, en la caracterización no académica importa más la sensibilidad: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos, sentencia El Principito. Y, en efecto, sin disponer de visas o pasaportes, puedo sobrevolar las fronteras geográficas de los hombres. La única amenaza que encuentro en mi vuelo son otras águilas. En particular, el águila imperial del país vecino, cuya visión y misión es ejercer dominio sobre todo el espacio aéreo. Ella dispone de todos los dispositivos técnicos para ejercer su postura bélica, pero yo logro esquivarla con un corazón abierto al vuelo y con el arte de amar a todo lo que voy encontrando por mi paso. Mis garras no son para apropiarme de lo ajeno. Mi pico es para penetrar en lo más sublime de lo creado: la cordialidad, la dignidad y la solidaridad. Mis alas son instrumentos para ascender las alturas de la bondad. Y una cualidad mía ha sido sobrevalorada sobre las demás: la visión.
Mi visión y misión como águila real
Siendo la visión el dispositivo dominante en Occidente, he inspirado programas para mejorar y recuperar la capacidad visual tales como la de “Ojos de águila” y también para la fabricación de lentes. Sin embargo, la mirada compasiva hacia los más desprotegidos poco importa.
Puedo leer la extensión e intensidad de un vasto territorio. Puedo detectar en la distancia el andar de un minúsculo ratón. De ello, me interesa más el ANDAR del ratón que atraparlo. En cambio, el águila imperial atrapa y devora a Speedy González (alegoría del mexicano), no sin antes emitir la frase ¡Ándale! ¡Ándale! ¡Arriba! ¡Arriba!
Mi figura podría remitir a ciertos residuos coloniales, al ser denominada Águila real. En otro contexto, particularmente en Brasil, es una cosa curiosa lo notorio del pasado colonial que se expresado con títulos nobiliarios en la nomenclatura de las calles: Rua do Imperador Pedro II, Rua Baronesa de Bela Vista, Avenida Barão do Rio Branco. En otras partes de América Latina y, en concreto en México, se percibe como un asunto absurdo y como un rescoldo del pasado.
En el rubro de la numismática, mi figura aparece estampada en monedas tanto de gran denominación como de nominación corriente, siendo cotizada en las dos modalidades. Pero también hay un uso rudo de mi figura: vuelo por los aires como moneda al ser lanzada para jugar volado, un tapado o en la tachuela (un juego ya desaparecido).
Un caso más chusco es el sentido figurado: algunas personas hacen del dos, colocándose en posición de “aguilita”. Esto último no es muy real, en el sentido de la realeza, es más bien popular.
Por último, tratando de resumir lo anterior en una especie de lema, el mío podría ser: no tanto ver para creer, sino ver para volar y valer. El creer se basa en suposiciones; en cambio, el ver para volar y valer está sustentado en posiciones y principios. Parafraseando a El Principito “Pero cuando los ojos están ciegos, aun siendo de águila. Es necesario buscar la verdad con el corazón y la sensibilidad”. No basta la academia.
Zapopan, Jalisco, 26 de julio de 2023

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